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viernes, 4 de enero de 2008

El gato. Por Cristian Claudio Casadey Jarai

Se subió a la mesa mientras escribía. Sus patitas grises contrastaban con la claridad de su cuerpo. Sus ojitos azules sobresalían y brillaban en aquel rostro azabache. Con su habitual gracia felina se acomodóa al lado del cuaderno, mi fiel compañero y confesor de mis inquietudes. Se acostó y permaneció inmóvil largo rato. El tiempo parecía haberse detenido, como admirado de la paciencia e ingenuidad del pequeño minino. Un calor especial brotaba de la tierna escena e inundaba el ambiente. El incienso creaba una atmósfera extraña pero agradable a los sentidos, un festín de sensaciones. Tentado, acaricié su lomo varias veces. Se despertó. Parándose lentamente me miraba a los ojos. Parecía querer comunicarme algo. De repente, me di cuenta que no me seguía viendo. Su vista estaba enfocada detrás de mi hombro. Me di vuelta y ahí estaba en la pared el retrato del Señor. Agradecido, me arrodillé junto al gato. Grande es el amor divino.

miércoles, 2 de enero de 2008

La estación de Hudson, por Cristian Claudio Casadey Jarai

El olor de las gomas quemadas apesumbraban la densa atmósfera de la vieja estación de Hudson. El destartalado ferrocarril al igual que hace décadas surcaba las frías vías hacia la ciudad madre. Al costado de los rieles todavía se asomaban los restos de lo que todavía se mantenía en pie de la antigua maltería. La avenida Otto Bemberg ya no era lo que había sido antaño. El pueblo dormía aquella tarde el ocaso de las pampas olvidadas en el tiempo, tierras de luchas y penas. Un perro paseaba por el andén en busca de alimento. La señora del puesto de diarios, alma caritativa, cuidaba de los animalitos abandonados por sus insensibles dueños. El sabor a mate amargo se confundía con el alcohol en el paladar del joven maquinista. La vieja locomotora de arcaicas épocas peronistas no deseaba avanzar más. Un pasajero, mientras esperaba eternamente escuchaba en su radio portátil las noticias: -"Hemos ingresado al primer mundo" se oía decir al presidente Menem. La virgen en su altar cuidaba la estación. Sólo atinó a derramar lágrimas de vergüenza...