Los 29 de febrero son días muy extraños en la estación de Hudson. A las 3:17 de la madrugada una misteriosa formación parte hacia la desconocida estación de Añori. Una locomotora made in Liverpool del año 1929 arrastra los vagones cosntruídos en Tolosa. En sus paredes extrenas de rojo y amarillo se divisa la frase Ferrocarriles Argentinos y la figura de un galgo desnutrido. El guarda baja y se comporta de una manera un tanto rara.
-"Sin escala hasta Añori. Todos arriba", dice el uniformado. El tren parte a una velocidad increíble atravesando toda la miseria del conurbano bonaerense y en la estación de Avellaneda unas inexplicables vías lo llevan a dar vueltas a la cancha de Racing para terminar en las cercacnías del estadio de Lanús. Fantasmales pasajeros bajan en la estación inexistente. Otros ascienden. Finalmente el recorrido acaba en la estación de Fiorito. Lo bueno del viaje es que nunca pasa nadie pidiendo boletos. Felices los borrachos descienden del ferrocaril para tomar el lujoso ferry que los llevará a la isla Maciel. Lamentablemente todo esto solo ocurre el 29 de febrero. Al día siguiente todo acaba. La violencia y la pobreza vuelven a reinar sobre los pordioseros de Hudson. El mágico viaje ha llegado a su fin. Maciel ya no es una apacible isla tropical. La basura cubre el suelo de Buenos Aires.
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sábado, 12 de enero de 2008
viernes, 4 de enero de 2008
La estación de Hudson
La estación de Hudson, por Cristian Claudio Casadey Jarai
El olor de las gomas quemadas apesumbraban la densa atmósfera de la vieja estación de Hudson. El destartalado ferrocarril al igual que hace décadas surcaba las frías vías hacia la ciudad madre. Al costado de los rieles todavía se asomaban los restos de lo que todavía se mantenía en pie de la antigua maltería. La avenida Otto Bemberg ya no era lo que había sido antaño. El pueblo dormía aquella tarde el ocaso de las pampas olvidadas en el tiempo, tierras de luchas y penas. Un perro paseaba por el andén en busca de alimento. La señora del puesto de diarios, alma caritativa, cuidaba de los animalitos abandonados por sus insensibles dueños. El sabor a mate amargo se confundía con el alcohol en el paladar del joven maquinista. La vieja locomotora de arcaicas épocas peronistas no deseaba avanzar más. Un pasajero, mientras esperaba eternamente escuchaba en su radio portátil las noticias: -"Hemos ingresado al primer mundo" se oía decir al presidente Menem. La virgen en su altar cuidaba la estación. Sólo atinó a derramar lágrimas de vergüenza...
El olor de las gomas quemadas apesumbraban la densa atmósfera de la vieja estación de Hudson. El destartalado ferrocarril al igual que hace décadas surcaba las frías vías hacia la ciudad madre. Al costado de los rieles todavía se asomaban los restos de lo que todavía se mantenía en pie de la antigua maltería. La avenida Otto Bemberg ya no era lo que había sido antaño. El pueblo dormía aquella tarde el ocaso de las pampas olvidadas en el tiempo, tierras de luchas y penas. Un perro paseaba por el andén en busca de alimento. La señora del puesto de diarios, alma caritativa, cuidaba de los animalitos abandonados por sus insensibles dueños. El sabor a mate amargo se confundía con el alcohol en el paladar del joven maquinista. La vieja locomotora de arcaicas épocas peronistas no deseaba avanzar más. Un pasajero, mientras esperaba eternamente escuchaba en su radio portátil las noticias: -"Hemos ingresado al primer mundo" se oía decir al presidente Menem. La virgen en su altar cuidaba la estación. Sólo atinó a derramar lágrimas de vergüenza...
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miércoles, 2 de enero de 2008
La estación de Hudson, por Cristian Claudio Casadey Jarai
El olor de las gomas quemadas apesumbraban la densa atmósfera de la vieja estación de Hudson. El destartalado ferrocarril al igual que hace décadas surcaba las frías vías hacia la ciudad madre. Al costado de los rieles todavía se asomaban los restos de lo que todavía se mantenía en pie de la antigua maltería. La avenida Otto Bemberg ya no era lo que había sido antaño. El pueblo dormía aquella tarde el ocaso de las pampas olvidadas en el tiempo, tierras de luchas y penas. Un perro paseaba por el andén en busca de alimento. La señora del puesto de diarios, alma caritativa, cuidaba de los animalitos abandonados por sus insensibles dueños. El sabor a mate amargo se confundía con el alcohol en el paladar del joven maquinista. La vieja locomotora de arcaicas épocas peronistas no deseaba avanzar más. Un pasajero, mientras esperaba eternamente escuchaba en su radio portátil las noticias: -"Hemos ingresado al primer mundo" se oía decir al presidente Menem. La virgen en su altar cuidaba la estación. Sólo atinó a derramar lágrimas de vergüenza...
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